miércoles, 28 de diciembre de 2011

Bisiesto

Divague

Estamos otra vez ante la inminente llegada de un año nuevo. En este caso, un año más largo, bisiesto. Chicos y grandes de todo el mundo, de esos que nacieron el 29 de febrero, esperan el 2012 con impaciencia. Quieren cumplir años.
Que nuestro planeta tarde trescientos sesenta y cinco días y seis horas en dar una vuelta alrededor del sol, es algo impreciso. Pero no por eso vamos a andar criticando a la pobre esfera. Váyanse a Marte si quieren, podría decirnos. Y más allá de las imprecisiones de su recorrido solar, nuestro planeta tiene muchas ventajas. Tiene agua y atmósfera.
Se me ocurren dos soluciones, dignas de nuestro siglo. Ambas consisten simplemente en transformar el año, que a la fuerza coincide con la traslación terrestre, en algo independiente. Es decir, que no sea siempre igual. Sólo así los pobres nacidos el 29 de febrero podrán cumplir años sin saltearse ninguno.
Primera propuesta. Año de trescientos sesenta y seis días. Funcionaría muy bien en las zonas tropicales, porque a lo largo del tiempo, las estaciones se irían corriendo de fecha. Aunque posiblemente confunda a los caribeños sin permitirles detectar a tiempo la temporada de huracanes.
Segunda propuesta. Año de trescientos sesenta y cinco días con un día de seis horas agregado para celebrar, a las apuradas, los cumpleaños de todos los nacidos el 29 de febrero. En este caso existiría un problema con la hora, ya que a partir del mes de marzo, y por todo el año, amanecería seis horas tarde.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Cierra circular

Trasgresión

Javier, esta vez, no fue quien trasgredió primero. Sí fue quien lo hizo con mayor contundencia. Pero no el primero.
Por la mañana, alguien estacionó un coche en la puerta de su casa. Lo hizo de una manera desprolija, tapando la salida de su cochera. Javier no se dio cuenta entonces. Recién lo notó más tarde, cuando tuvo que sacar el auto. No podía. Era imposible hasta para el más experimentado camionero. Aquellos que tienen la destreza de estacionar con soltura un camión con acoplado.
Javier llegaría tarde. Iba a salir, ya resignado a hacer uso del transporte público cuando pensó en algo mejor. Canceló sus compromisos y fue al fondo de su casa. Buscó y buscó hasta encontrar la moladora. Le ajustó una cierra circular. Salió a la vereda.
Las chispas saltaban para todos lados. Eran amarillas y grandes, realmente grandes. Javier no era ningún improvisado y mostraba con orgullo sus guantes de trabajo, sus lentes, sus tapones para los oídos. El ruido también era bastante espectacular. Lo que estaba haciendo, algo muy pero muy inesperado.
Cuando terminó volvió a entrar en su casa y guardó la moladora. Se lavó las manos, se sacó los lentes, los guantes de trabajo y los tapones. Se cambió de ropa y salió a la vereda otra vez. Pidió ayuda a un vecino, que aún no se reponía de la sorpresa, y juntos corrieron el trozo del auto que obstruía su cochera.
El auto de Javier salió sin ningún problema. El otro, ya no tiene baúl.

jueves, 15 de diciembre de 2011

La desaparición

Ficción

A Juan desde chiquito le había gustado la magia. Mucho. Soñaba con atravesar mujeres con espadas y cortarlas por la mitad. Por suerte, con el tiempo se tranquilizó y ya no quiso matar a nadie. Estudió primero magia con naipes. Que una reina se da vuelta cara arriba, que un cuatro desaparece, que un rey viaja al bolsillo misteriosamente.
Pero hace unos meses que Juan siente que no es suficiente. Quiere cambiar de especialidad. No más close up. Ahora piensa dedicarse a las grandes ilusiones. Claro que no es fácil hacer desaparecer un vagón de tren o una estatua gigante. No por la magia. Difícil es que te den permiso.
Juan sabe que para saltar a la fama tiene que llamar la atención. Tiene que hacer algo que obligue a la prensa internacional a mirar hacia Buenos Aires. Se prepara. Dentro de dos minutos, va a hacer desaparecer un semáforo. Y por lo que me comentó, lo hará sin taparlo con telas. No va a usar esos tristes trucos de cámara. Así que yo me pongo cerca para verlo bien.
La ciudad está en pleno movimiento. La avenida anchísima siente como fluyen sobre ella, miles de autos, camiones, colectivos, motos, bicicletas, monopatines, patinetas, zapatillas. Siento una curiosidad preocupante. Esto puede ser peligroso.
Juan grita a través de un megáfono. Nadie lo escucha. Anuncia su gran acto mágico. Nadie lo entiende. No se da por aludido. Sigue. La ciudad está a punto de ser testigo de la magia. Existe. Mirá como Juan hace un gesto ridículo. El semáforo desaparece.
Doce muertos. Treinta y cinco heridos. Eso es lo que queda después de la magia. Sin semáforo, miles de autos, colectivos, camiones y lanchas chocan unos contra otros. Nadie pudo explicar lo de las lanchas. A Juan se lo llevan preso. Es que no respetan las distancias de frenado, se queja.

martes, 6 de diciembre de 2011

Rifle politécnico

Hecho

Primero viajemos en el tiempo. Unos años. Veintidós. Para atrás. Digo, hacia el pasado. Si viajamos al revés no vamos a ver nada. Esto va a ser como una película. Para aprovechar el tiempo que nos lleve viajar hacia 1989, nos vamos moviendo hacia Canadá. Buscamos la ciudad de Montreal. Cuando lleguemos, Charles Dutoit ya habrá dirigido la orquesta sinfónica de la ciudad unos doce años. Y lo va a seguir haciendo muchos más.
Una vez en Montreal vamos a tener que pedir indicaciones. Podemos hacerlo en inglés o francés. El español no es demasiado comprendido por estas tierras. Ni hablar de los argentinismos contemporáneos. How can I go to L'École Polytechnique de Montréal? Así usamos las dos lenguas oficiales.
Un miércoles común y corriente. Hasta ahora. Por recomendación de la historia, pongámonos el chaleco antibalas. Este sexto día de diciembre está por quedar en la historia. Ahí aparece. ¿Lo ven? Ese es Marc Lépine. No, aún no lo conoce nadie. ¿Viste? Tiene un rifle. Dejémoslo pasar. Esa debe ser el aula. Ahí entra.
Ahora, espiando a través de la cerradura de la puerta, vemos como este perturbado muchacho de veinticinco años está separando a los hombres de las mujeres. Los está acomodando unos en una punta, unas en la otra. ¿Que qué va a hacer? Esto es contra el feminismo, acaba de gritar. Disparo. Disparos. Impresionante. Acaba de tirar contra las nueve mujeres del aula. Mató a seis. Corrámonos que ahora sale.
Sigámoslo. Pero de lejos. Se mete en la cafetería. Disparo. Sigue por los pasillos. Disparos. Acerquémonos un poco, que no lo vemos. Ahí está. Ya pasaron como veinte minutos desde que entró en el aula. ¡Se voló la cabeza!
Es la masacre de Montreal. ¿Cuántos murieron? Catorce mujeres. También quedan unas diez mujeres heridas y otros cuatro hombres. Bueno. Volvamos al futuro, ya vimos suficiente.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Mentira en potencia

Divague

No es mi intención hacerlo, pero a veces noto algunos errores en el sistema matemático. Cuando sucede, pienso que estoy equivocado. Por eso reviso mucho mis deducciones. Es que a uno siempre le hablan de la matemática como algo preciso, de inexistente error. Incluso cuando alguien quiere hacer notar que algo no es del todo predecible dice: esto no es matemática. Esta ciencia de los números es necesaria para otras muchas, como la física. Fue justamente intentando resolver un problema de física que di con el verdadero problema. No sé a quien se le ocurrió decir que la intensidad de un campo magnético disminuye en relación al cuadrado de la distancia, cosa que parece ser cierta. El problema es el cuadrado de la distancia. Yo escribí todas las fórmulas y entonces, se me ocurre probar con los milímetros. Y después con los centímetros. Medí la distancia que tenía que medir. Precisamente 36,9 centímetros, o 369 milímetros. Que hasta ese momento eran lo mismo. Pero entonces dejé los cálculos sobre el campo magnético y me puse a probar con la potencia de dos. No podía creer los resultados. Resulta que 36,9 centímetros al cuadrado son 13.6 metros. Y 369 milímetros por 369 milímetros, 136 metros. Yo no niego la relatividad, pero por más que miro y miro la distancia que medí, no puedo creer que sea tan ambigua.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Sin ayuno

Trasgresión

Hace apenas un minuto Javier salió de su casa. Ha desayunado de una manera llamativamente exagerada. Tan exagerada que hasta podríamos situar su desayuno en un contexto distinto, en esos países en los que la gente apenas se levanta come huevos revueltos. La cantidad de pan con manteca y azúcar que ha comido Javier es sorprendente. Un café con leche y alguna medialuna también. Realmente no se entiende cómo es que puede mantenerse en pie.
Cualquier persona normal podría desayunar así si no fuera a almorzar, pero Javier lo hizo por alguna razón, que aún desconocemos. Hace apenas un instante se bajó del colectivo. Ahora está por atravesar la puerta de un instituto de diagnóstico médico. Empezamos a imaginarnos qué está por hacer. Si fuera un tipo sensato, se sacaría una radiografía o se sometería a una resonancia magnética. Pero Javier se acerca al mostrador de análisis clínicos.
Para este estudio, explica la señorita que lo atiende, necesita doce horas de ayuno. Javier sonríe y asiente. Miente descaradamente. Espera su turno y cuando lo llaman, presta alguna de las venas de su brazo para la extracción. Sale impaciente. No puede esperar a ver los resultados.
En tres o cuatro días, Javier habría pasado a buscar los resultados. Pero dieron tan pero tan mal, que una ambulancia se estacionó en la puerta de su casa. Se bajaron dos enfermeros y sin explicarle nada, se lo llevaron a una clínica. Pasó de largo por más de una puerta. Ahora está aquí en el quirófano, ya anestesiado. Podemos ver como el cirujano coloca el stent, justo antes de hacer el bypass.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Telepatía

Ficción

Ahí lo podemos ver. Justo detrás de ese árbol. A simple vista se nota que es un sujeto lo bastante extraño como para investigar eventos paranormales. Ahora mismo continúa con una de sus más arriesgadas investigaciones. Hace ya tres años que busca una prueba irrefutable de la existencia de la telepatía. Aplica un método poco serio desde el punto de vista científico, pero confía en su resultado. Hace poco le pregunté cómo seguía confiando en un método que no había producido nada en más de treinta meses. No lo había utilizado bien hasta ahora, me respondió. Básicamente, Facundo hablaba cordialmente con cada individuo que se cruzaba en su camino, pero lo hacía para adentro, pensando. Asumió, erróneamente según sus actuales conclusiones, que aquel que fuera telépata decidiría reconocer su anormal capacidad mental sin más. Poco a poco se dio cuenta de que era muy poco probable que alguien le contestara. Sobre todo porque tenía que ser en voz alta, porque él no es ningún telépata. Así que, según sus propias palabras, en el último tiempo comprendió que debía ser más agresivo. Hace ya tres días que camina por la calle pensando cosas horribles de la madre de cada ser que se cruza, piensa insultos inimaginables, violentísimos. Mirá. Ahí, justo en la esquina de la plaza. Parece que finalmente, el método dio resultado. No habría ninguna otra razón para que lo persigan así, a los gritos. No. Lo alcanzaron. Lo van a matar a golpes. Perdón, los dejo, voy a tratar de salvarle la vida.

martes, 1 de noviembre de 2011

Vuelo a pedal

Intento Fallido

Muevo mis piernas. Mis pies mueven los pedales mientras dibujan círculos. Los pedales giran. Una cadena tira de la rueda trasera. Esa rueda gira. Se mueve la bicicleta. La otra rueda gira. Me desplazo a una velocidad importante, para estar arriba de una bicicleta. Un auto puede moverse mucho más rápido, pero usa nafta. Llego a uno de esos valiosos espacios verdes que hay en la ciudad. Uno de los pocos enmarcados por el agua del río. Hay muchos árboles. Pájaros que cantan. Olas que hacen ruido. Viento que salpica. Recorro el espacio, siempre arriba de la bicicleta. No tengo casco. Esto no es revelador ahora, pero ayudará a tomar dimensión de los hechos después. Alcanzo esa velocidad en que las ruedas de cualquier bicicleta comienzan a silbar. Disfruto el aire en mi cara. El viento en contra intenta retrasarme. Más me retrasa un sujeto. Está corriendo justo delante de mí. Siguiendo el mismo sendero. Corre bastante rápido, pero no va en bicicleta. Estoy a punto de tomar una mala decisión. La tomo. Me muevo hacia la izquierda y dejo el sendero. Ya con la bicicleta sobre el pasto me separo del asiento, para poder acelerar y pasar al atleta matutino. Mis piernas dan una vuelta. Un pedal, el del lado derecho, se sale. Abandona la bicicleta. En otro momento me preocuparía porque una bicicleta debe tener dos pedales. Pero me preocupa mi pie. Mejor dicho, el hecho de que ahora mi pie, ya no tiene un pedal debajo. Resulta muy difícil recuperar el equilibrio. La bicicleta se sacude, pero no conmigo. Contra mí. Es momento de tomar otra decisión. No quiero que mis pies queden atorados en la bicicleta. Salto. Paso por encima del manubrio y mi pecho choca con la rueda delantera. Toco el pasto con la cara y la bicicleta me sobrevuela. Cae más adelante. Me duele bastante. El atleta matutino regresa y me pregunta si estoy bien. Respondo que sí. Aunque sigo detrás de él.

sábado, 29 de octubre de 2011

Explota la bolsa

Hecho

Hoy es martes. Y está tan pero tan nublado, que todo está negro. Es muy poca la luz que puede pasar a través de esa gran cantidad de vapor de agua que flota en el cielo. Estoy en un país que no me pertenece. Ningún país me pertenece, pero este menos todavía, porque ni siquiera nací en él. Ni el idioma entiendo.
Los trajes de la gente son algo graciosos. Diría que son antiguos por parecerse a esas vestiduras que lleva la gente en las películas históricas, pero todavía no hay de esas películas. Las caras de todos reflejan algo terrible. Y no puedo pensar que el problema sea un mal resultado del equipo de este país en el mundial de fútbol, cosa que podría poner así a la gente de otros muchos lugares, pero no de este. No juegan fútbol. Aunque tampoco hubo mundiales.
Ahora empiezo a dudar si son las nubes o las caras de la gente lo que no deja que la luz ilumine el aire. Incluso cuando un rayo solar, con todas sus radiaciones consigue colarse, nada brilla. Como si los ojos de estos peatones absorbieran todo la energía del astro central de nuestro sistema planetario.
Martes negro este 29 de octubre de 1929. Y vienen así los últimos días. Todo el mundo asustado con el porvenir. Ilusionados con que el cataclismo bursátil de este país se revierta. No estoy seguro de que vaya a revertirse. Oí a algunos estimar una pérdida en la bolsa de alrededor del cuarenta por ciento para hoy. Supongo que la situación es extrema y justifica el susto de la gente. Los desempleados por no tener trabajo, los empleadores por quedarse sin empresa, los bancos por perder todos sus billetes.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Siempre ocupado

Ficción

Era una casa como cualquier casa, eso se suponía. La habitaba una familia como cualquier familia, eso se pensaba. Los vecinos empezaron a notar algo raro. Nunca conseguían conocerles la cara a los habitantes de la casa violeta. Y no porque no fueran atentos. A cualquiera le hubiera pasado lo mismo. Todos los días salía gente de ahí. Cada vez más gente. Se habían mudado una pareja y dos hijos. Pero un vecino aseguraba haber contado veinticuatro personas espiando el jardín.
La sala era grande, pero la gente que había la hacía parecer diminuta. Hubo primero una mesa de living modesta vistiendo el centro de aquella habitación, pero los dueños de casa debieron cambiarla por una más grande. Es que la familia había crecido mucho. Y esto no tendría ningún misterio si el crecimiento demográfico de la población de la casa se hubiera dado con una frecuencia de un nuevo individuo cada nueve meses. Pero llevaban sólo tres semanas viviendo ahí y pasaron de cuatro a veinte. Aunque me parece que son más. Incluso ahora sale otro del baño.
A simple vista se descubría en la casa un grupo de personas desesperado por encontrar la manera de resolver esos problemas de logística que tiene cualquier casa. La limpieza, con tanta gente, era lo más fácil. Pero las compras no se terminaban nunca. Ni hablar de la organización requerida para comer. Porque no contaban con la infraestructura apropiada como para cocinar para tanta gente, ni vajilla suficiente. Otra vez sale uno del baño.
Ese baño está siempre ocupado. Siempre. Sale gente de ahí, más de la que entra. Esto no tiene ningún sentido. Pero no por carecer de sentido, deja de ser cierto.

lunes, 24 de octubre de 2011

Paso a nivel

Trasgresión

Ahora Javier maneja. No es que antes no lo haya hecho. Está manejando justo en este momento. Va en auto. Uno que alguien por hacerse el amable le ha prestado, alguien que muy probablemente se quede sin su coche. Hoy parece estar tranquilo, pero no tenemos que dejar que nos engañe. Siempre se las arregla para hacer de las suyas.
Ahora Javier está por doblar en la esquina. A la derecha, cosa permitida. Hay un extraño sujeto cruzando. Lo deja pasar. Por ahora viene respetando la ley de tránsito. Pero quizás no sea lo mejor. Cumplir las normas provoca en él una especie de acumulación que finalmente lo obliga a cometer una trasgresión peor.
Ahora Javier ve el semáforo más cercano. Está rojo pero no para. Empieza a rodar la última versión de su espíritu trasgresor. Acelera por encima de la velocidad permitida, cosa que suele hacer con frecuencia. Justo en este momento nota un pozo en la calzada. Le apunta y siente como el auto se sacude con violencia. Se oye un ruido preocupante. De esos que sólo pueden ser quejidos de amortiguadores.
Esto no me gusta nada. Estoy escuchando esas campanas inconfundibles. Javier está llegando a un paso a nivel y la barrera ya terminó de bajar. Espero que este loco pueda contener su inercia rebelde. No para. Está loco. Bocina.
El tren pasó de largo. Convirtió el coche con el choque. Lo transformó en chatarra. Pudo frenar a unos cincuenta metros del lugar del impacto, con un maquinista aterrado que ya se sentía asesino. Pero Javier bajó del auto por uno de los agujeros que tenía y se sacudió la tierra. Miró el tren con cara de contento. Miró el auto, más contento todavía. No podía dejar de imaginarse la cara del dueño del vehículo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Empaqueta la galleta

Proceso

Muchos se habrán preguntado cómo es que se las arreglan para meter una cierta cantidad de galletitas adentro de un paquete. La mayoría supondrá, erróneamente, que no se meten las galletitas en el paquete, sino que el paquete envuelve las galletitas. Porque esto es lo más sensato.
Galletitas y galletitas viajando a través de una línea de montaje hasta alcanzar una máquina automatizada que las rodea con un plástico, que hace unos dobleces y un par de soldaduras. Paquete listo. Existen muchas máquinas empaquetadoras capaces de armar paquetes de galletitas. Pero la industria de la galleta se negó a utilizarlas.
Durante una convención de productos alimenticios llevada a cabo en algún lugar del planeta, los fabricantes de galletitas acordaron prescindir de toda empaquetadora automatizada. Lo hicieron porque su implementación exigía una extrema precisión en el corte de la masa y un total control sobre la dilatación de la galleta durante la cocción.
Si bien dedicaron algo de tiempo y dinero en la búsqueda de una forma de asegurar que todas las galletitas salgan exactamente iguales para así hacer posible la utilización de máquinas empaquetadoras automáticas, no consiguieron buenos resultados. No les quedó otra que comprar los paquetes armados, sin cerrar.
Cualquiera que visite una de estas fábricas, cuando llegue al final del recorrido, verá un montón de empleados metiendo galletitas una por una adentro de los paquetes. Les llamará la atención ver como deben limar los bordes de las galletitas para emparejar sus tamaños y conseguir que toda sean iguales.

martes, 11 de octubre de 2011

Incertidumbre

Discusión

No me entendiste bien, dijo Rodrigo para adentro, lo que quise decir es que al tirar una moneda, las posibilidades no son sólo cara o cruz, son infinitas. Esta última oración no le había aclarado nada. Hecho triste para cualquiera que discuta con su propia persona. Haber si entendí, intentaba recapitular Rodrigo, lo que vos sostenés es que infinitos desenlaces son posibles después de arrojar una moneda. Claro, se contestó.
A pesar de que su interlocutor era él mismo, Rodrigo no pudo confiar ciegamente en el disparate que se había dicho. Es que de ser cierto, no tendría sentido que, al menos en la mayoría de las veces, las monedas arrojen resultados de cara o cruz. Entonces se lo hizo saber a Rodrigo.
Hay algo que se te escapa, le dijo el defensor del disparate. La cantidad de desenlaces posibles para una moneda que se lanza al vuelo es infinita, aunque no todas estas posibilidades son igualmente probables. Ni bien entraron en temas estadísticos, Rodrigo, el otro, se sintió incómodo.
Explicó el fanático de la incertidumbre, que si bien era altísima la probabilidad de que la moneda caiga en cara o en cruz, nunca podía descartarse que pudiera permanecer apoyada en su borde, sin decidirse. Incluso sostuvo, y con convicción, que era posible que la moneda desapareciera o viajara en el tiempo. Hasta que expresara cara y cruz al mismo tiempo. Muy poco probable, dijo, pero eso no quiere decir que no pueda suceder.
Esta discusión no iba a ningún lado, como ninguna de las discusiones que suceden dentro de un solo cerebro. De todas formas, antes de acostarse, ambos Rodrigos, lanzaron una moneda.

martes, 4 de octubre de 2011

Se mueve mi cintura

Divague

El lunes pasado, como sistemáticamente me viene pasando los últimos meses, el pantalón me quedó corto. Así que decidí investigar el hecho. Es que los últimos seis pantalones que compré, me quedan cortos. Distintos tejidos, dinstintos modelos. Todos cortos.
Soy un ser racional y sé muy bien que esto tiene que tener una explicación. Cuando me pasaba de chico, la culpa la tenía yo por crecer permanentemente. Pero ya no soy chico.
Igualmente, no podía negar que esta, la de seguir creciendo, fuera la causa más probable del acortamiento de los pantalones con respecto a mis piernas. Así que recurrí al método científico. Observar, medir y tomar notas.
Todos los días, siempre a distinta hora, me puse contra una pared y marqué con lápiz mi estatura. Usé una escuadra para no tener imprecisiones angulares. Así quedó claro que yo ya no crezco. La línea se quedó ahí, en un mismo lugar. Descarto entonces que el acortamiento de los pantalones se deba al alargamiento de mi cuerpo.
Me sentí confundido largo rato. No podía dar con la causa de este incómodo fenómeno. Intenté encontrar la respuesta mientras caminaba, mirando con atención los pantalones, cantando, saltando, mientras lavaba los platos.
Se me ocurrió cuando cerré los ojos justo antes de dormir. No sé cómo no me había dado cuenta. Para que un pantalón quede corto, no hace falta que todo el cuerpo se alargue. Con que se alarguen las piernas alcanza. Ahora entiendo todo. No crezco, la cintura se me mueve para arriba.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Telecrimen

Ficción

Buenos días, mi nombre es Sebastián y lo llamo para ofrecerle un nuevo servicio. Eso es lo que dijo el empleado. Sólo eso. Aunque no era la primera vez.
Joaquín ya había atendido ese llamado y empezaba a creer que no iban a dejarlo en paz. La primera vez, había corrido a atender el teléfono creyendo que se trataba de la chica del bar. Hola, dijo intentando no demostrar nerviosismo. Nada. Hola, pronunció ya sin poder ocultar los nervios. Un segundo más tarde conocía la voz de Sebastián.
Con paciencia, Joaquín prestó atención al empleado que le ofrecía un nuevo servicio de esos que no necesitaba. Dijo que no. Volvió a la mesa de la cocina y sacó el saquito de la taza de té. No llegó a tomarlo todo antes de que volvieran a llamarlo. Otra vez Sebastián, para ver si seguro que no.
Ahora suena el teléfono otra vez. Ahí está Joaquín. Se levanta y se desplaza hacia el teléfono con rapidez. Dejame tranquilo de una vez, grita llenando de saliva el micrófono. La chica del bar se queja y cuelga indignada.
La cara de Joaquín se transforma. Ahora se va a ir enojando de a poco. Va a buscar su primer teléfono celular, uno de esos que pesan un kilo. Actuará como el mejor detective privado. En unos días localizará a Sebastián.
En este momento se encuentran. El empleado ofreceservicios no lo reconoce, aunque se siente algo incómodo. Vengo a darle mi teléfono, susurra Joaquín con una extraña serenidad, por la cabeza.
No debe haber muchos homicidios como este. Nunca pensé que en una cabeza pudiera haber tanta sangre.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Primer aniversario

Noticia Cierta

Hoy se cumple un año desde aquel día en que, en algún lugar de esa virtual red planetaria hecha de computadoras, nació Percepciones de la Ignorancia. Durante los últimos doce meses, este espacio de catarsis expresiva permitió a Rodrigo Valla publicar distintos textos, siempre acompañados por coloridos dibujos.
A esos escritos que originalmente se organizaban en cuatro categorías (Percepciones, Intentos fallidos, Noticias ciertas y Divagues), con el tiempo se le fueron sumando nuevos disparadores (Ficciones, Metanoticias, Trasgresiones, Procesos y Hechos).
El pasado 14 de abril Percepciones de la Ignorancia amplió su búsqueda literaria en la más famosa red de microblogging, desarrollando los géneros del relato microscópico y la definición ficticia. Además, su autor retomó la producción de dibujos digitales.
Un año es una porción de tiempo suficiente como para hacer un balance. Percepciones de la Ignorancia ha crecido paulatinamente y culmina su primer año de existencia con ciento once textos publicados, a los que se suman ochenta relatos microscópicos y cuatro series de dibujos.
Consultado de manera muy personal, por él mismo, Rodrigo Valla mencionó que está conforme con la repercusión de Percepciones de la Ignorancia. Creo, dijo sereno, que haber alcanzado las tres mil trescientas páginas vistas no está mal, aunque reconoció que son muchos los blogs que presentan esa cantidad de tráfico en un mes o incluso una semana. Recordó también la importancia que tuvo para Percepciones de la Ignorancia la nominación para los Premios Revista de Letras.
Cuando se le preguntó por el futuro, Rodrigo aclaró que continuará trabajando en lo que él considera un proceso de búsqueda creativa, con intenciones de profundizar un estilo propio y crecer como artista. No desaprovechó la oportunidad para sorprendernos con un nuevo proyecto. Creí que la mejor manera de festejar el cumpleaños de Percepciones de la Ignorancia, dijo, era Vanguardia Ficticia. Al parecer será un espacio para divulgar la obra de los artistas ficcionales más revolucionarios.

martes, 20 de septiembre de 2011

La realidad y el aplauso


Percepción

A veces, si tengo alguna razón para hacerlo, voy a un concierto. Para los que no suelen ir, un concierto es un evento durante el cual, alguien o álguienes tocan algo de música. Este tipo de eventos puede ocurrir en lugares diversos, desde teatros a iglesias, desde parques a cruceros.
Esta vez fue en una iglesia. Una orquesta tocó. El católico edificio le hizo eco. No dejo que ningún sonido sucediera de forma independiente. Todos, hasta los más breves, fueron condenados a chocarse contra sí mismos mientras revotaban en las paredes.
Al terminar el concierto reflexioné. No. No acerca de la reververancia, eso me tiene sin cuidado. El aplauso del público despertó mi interés. Es que a esta altura estoy convencido de que existe una sociedad secreta que se dedica específicamente a incitar el aplauso antes de que la música termine. Haciendo que cualquier obra musical sufra un final paradójicamente inconcluso.
Acaso tan importante es para el público hacer saber que se da cuenta de que la obra está a punto de terminar. Tan grande es la necesidad de adelantarse a la conclusión predecible pero necesaria de la música. Quizás el público se sentiría alagado si hubiera otro público que los contemplara contemplando y los aplaudiera por darse cuenta con tanta facilidad cuándo termina la música.
No es algo que me guste. La música, para terminar, necesita perderse de nuevo en el silencio. Sin embargo no puedo evitar reconocer que el aplauso es muy necesario. Ese ruido de palmas, el mismo que destruye la obra musical justo antes de que termine, es el que asegura que la realidad continúe. Porque esa debe ser la verdadera función del aplauso, destruir la fantasía efímera de la música, para que el mundo siga su curso.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Asesinato evolutivo

Metanoticia

Desde algún lugar de Sudáfrica.
Los antropólogos del mundo están conmocionados por el reciente hallazgo, en una cueva sudafricana, de ciertos restos fósiles escandalosamente parecidos a nosotros. Se trataría de una nueva especie de homínido, que entre otras cosas, habría caminado erguido.
Los huesos están en muy buen estado. Tan bueno que podría pensarse que no están muertos. Los científicos, consultados por la prensa internacional, a la que no le entraba en la cabeza que un par de huesos de hace dos millones de años se encontraran en condiciones, explicaron que se habían mantenido así debido a que los cuerpos a los que pertenecían, cayeron en una cueva profunda. Habrían fosilizado en pocas semanas.
Una mayor polémica despertó la propuesta de los descubridores de la nueva especie. Aseguran que el Australopithecus sedib a, podría ser el eslabón que una a los Australopithecus con el Homo erectus. Si esto fuera cierto, el Homo habilis dejaría de ser nuestro tatarabuelo.
Muchos paleontólogos se muestran incrédulos. Si bien aceptan, que la nueva especie encontrada en la región de Malapa, es un hallazgo importantísimo para la ciencia, no creen que pueda asegurarse que se trate del eslabón que une a Australopithecus con Homos.
En el otro extremo se ubica la opinión de un antropólogo noruego, autor de un artículo publicado en una revista de gran prestigio. Según su teoría, considerando la morfología del cráneo de la nueva especie, es posible que el sedib a hubiera evolucionado en un homínido muy superior al ser humano. Por esta razón, el homo habilis, que justo estaba de paseo por Malapa, habría empujado a los pobres australopithecus sedib a la cueva, para así asegurar un lugar de privilegio para su descendencia.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La vibración

Ficción

El tiempo pasa hasta para los violines. Violines como los que construye Andrés. Luthier que en este mismo momento tiene a este violín, no a cualquier otro, en sus manos y listo para que suene. Largas semanas transcurrieron mientras era armado, mientras se secaba cada capa de barniz al aceite. Es sabido que el barniz al alcohol seca mucho más rápido, pero a Andrés le gusta que su obra crezca de a poco.
Ahora lo vemos, ya listo. Ostentando además de esa tastiera negra siempre tan cautivadora, un bonito cordal de palisandro que hace juego con las clavijas. Pero no nos damos cuenta de que está terminado por las clavijas. Es porque ya tiene el puente y las cuerdas puestas.
Andrés empieza a afinar las cuerdas y el violín se siente un poco incómodo. De repente es sometido a fuertes y extrañas tensiones. Siente cosquillas y hasta algunos dolores. Teme por su vida. Sospecha que quizás la tensión pueda quebrarlo. Se consuela sabiendo que tiene alma.
Cuando la relación interválica está correcta y la primera cuerda suena como un mi y la segunda como un la, la tercera como un re y la cuarta como un sol, Andrés mira su obra terminada con curiosidad. Es que si bien él mismo ha realizado cada una de sus partes, no puede imaginarse como va a sonar.
El sonido es atroz, todo el barrio se asusta. El violín siente ganas de suicidarse. Sáquenme el alma así me parto al medio, quiere gritar. Por lo que suena casi podría asegurarse que no se trata de un instrumento musical. Pero podemos quedarnos tranquilos. No todo Luthier es violinista.
Cuando al día siguiente, por la tarde, Daniela vaya de visita al taller de Andrés, se escucharán otras cosas. Ella no puede tallar una tapa, pero sabe tocar. Entonces, acomodará el violín bajo su mentón y pedirá un arco prestado. Resonará el primer pasaje del concierto de Bruch.

lunes, 29 de agosto de 2011

Ishi

Hecho

Para conocer al protagonista de esta historia, la mayoría de nosotros deberá realizar dos viajes. Aquellos que tengan la suerte de vivir en California, podrán prescindir de uno, pero tendrán que esperarnos un rato lo suficientemente largo como para que nos reunamos allá.
Esta es la parte más fácil del asunto. Ustedes pensarán que tengo poca idea de lo que digo, que para muchos de ustedes darse una vuelta por California no es ni fácil ni barato.
Ya estamos todos acá, muy cerca de la falla de San Andrés. Nos miramos mutuamente, sin saber bien por qué estamos todos juntos. Yo lo sé muy bien, pero todavía no se lo dije a nadie. Así que sonrío y hago el anuncio. Vamos a conocer, les digo, al último nativo en tomar contacto con la cultura occidental. Se llama Ishi y está por aparecerse en un poblado. Justamente hoy, 29 de agosto, pero hace cien años.
Este último viaje fue un poco más complicado, pero nos la arreglamos bastante bien. Retroceder en el tiempo no es algo fácil, y aunque nos costó menos dinero, algunos de nosotros perdimos pelo en el camino, y hasta algún dedo.
El viento es cálido en esta época del año, al menos en 1911. Llamamos un poco la atención. Somos un gran grupo de curiosos amontonado en una loma, en una región que en esta época no es más que un pequeño pueblecito del pasado.
Ahí aparece Ishi, camina por la calle aburrido. Ya estuvo mucho tiempo solo. No se le había acercado a nadie desde que un grupo de técnicos que andaban haciendo mediciones para construir una represa hidroeléctrica, descubrieran el último escondite de los yahi.
Pero eso fue en 1908.

lunes, 8 de agosto de 2011

Pedagogía extrema

Ficción

Cada nueva clase lo entristecía más. Matías hacía un gran esfuerzo pero no conseguía generar ni un poco de interés en aquel grupo de alumnos cognitivamente impermeable. Quizás sean éstas las condiciones impuestas por el mundo moderno. Una clase se ha vuelto un lugar que reúne una serie de cerebros estáticos, que reducen su actividad al mínimo necesario como para controlar órganos involuntarios.
Matías hace tiempo busca la manera de despertar a sus alumnos. En ningún momento, y ya hace años que da clases, consiguió hacerlos estudiar. No los convenció ni siquiera habiendo implementado un sistema de evaluación estricto. Tuvo que desaprobarlos a todos.
Pero hoy por la mañana, mientras desayunaba imaginando una nueva teoría para explicar la organización de las alturas en la obra de Chopin, entendió que ya no podía enseñar la música a ese grupo de insensibles escuchadores de cumbia desde adentro del mismo arte.
Alguien le había dicho alguna vez que pertenecemos a una generación que lleva puesto un buen par de auriculares a todo volumen. Una generación que no se preocupa por su alrededor. Aquel que quiera comunicarse con nosotros tiene que gritar fuerte para conseguir que nos saquemos los parlantes de la oreja.
El universo es uno solo y todo lo que está en el, aún con diametrales diferencias, parte de lo mismo y está hecho de lo mismo. Así que Matías diseñó un método comparativo y se propuso trasladar todo parámetro musical a un experimento científico. Llevó a sus alumnos al laboratorio de química y notó que un poco de curiosidad sintieron.
Vamos a representar en estos recipientes, dijo Matías, la tensión armónica de los acordes más utilizados en la música tonal. Entonces mezcló varios líquidos de colores en un frasco y lo sacudió, obteniendo un líquido de color tímido que no decía gran cosa. Si esto es un intervalo de quinta justa, explicó, en este otro frasco representaremos de manera química al acorde de séptima disminuida.
Hubo tal explosión en el laboratorio que los bomberos vinieron sin que nadie los llamara. Matías no sufrió lesiones, porque había tenido cuidado. Algunos alumnos quedaron un poco aturdidos, pero ninguno entendió de qué se trataba el experimento.

miércoles, 20 de julio de 2011

Águila espacial

Hecho

No se escucha ningún ruido. Acá en el espacio exterior no hay ningún medio por el que puedan viajar las ondas de presión. Quizás si esta pelota gris tuviera atmósfera, aunque no fuera una de gran calidad, podríamos haber escuchado el ruido que hicieron los pequeños pies del águila al tocar el suelo.
Nosotros estamos acá. Allá abajo todos están por ver el pequeño paso de un hombre ampliado por la debilidad gravitatoria. Se trata de la primera transmisión via satélite de la historia. Todos los televisores del mundo podrán mostrar orgullosos esta hazaña.
Le quedan varios meses a 1969, así que no se sabe todavía que la carrera espacial se está terminando. Rusos y yanquis podrán dedicarse ahora a entrenar atletas, que serán famosos en las olimpíadas de 2008. Una portezuela se abre. Ahí sale un señor con un traje muy grande, disfrazado de marca de neumáticos.
No sé como se llama el sujeto. Yo no lo estoy viendo por televisión. Es muy gracioso como va saltando como si fuera un personaje de cuento infantil.
Supongo que nadie había creído esto posible hasta hoy, exceptuando a Julio Verne. Incluso habrá quienes desmientan este hecho en el futuro.
Yo desde acá lo veo bastante real. Pero no sé cuán real soy.

viernes, 1 de julio de 2011

Aceleración lumínica

Divague

Esta tarde he descubierto algo terrible. Sucederá dentro de mucho tiempo, pero es terrible. No hay que ser científico para saber que la gente en nuestro planeta se mueve cada vez más rápido. No sé si puede tomarse como causa única el apuro por llegar primero, pero sea esta u otra la razón por lo que la gente se acelera, lo empíricamente cierto es que se acelera.
Por ahora nos encontramos en un estadío intermedio en el que se producen cada vez más accidentes. Autos que chocan con autos, autos que atropellan personas, personas que se estrellan contra gerontes. Todo esto ya está sucediendo.
Pero me di cuenta de que existen dos momentos muy críticos en esta aceleración irracional de la gente. Ambos tienen que ver con las velocidades a las que naturalmente viajan dos fenómenos físicos muy comunes.
Cuando la gente por la calle supere los mil doscientos kilómetros por hora, ocurriran los dos primeros problemas. Ya no podremos llamar a nadie, porque nuestra voz nunca alcanzará los oídos de su destinatario. El otro, más grave, es que debido al estruendo producido por la ruptura de la barrera del sonido, todos nos quedaremos sordos.
Igualmente, será cuando la gente supere los trescientos mil kilómetros por segundo y atropelle todo lo que tenga delante sin que nadie pueda ver cómo lo hace, cuando ya no haya forma de salvarnos.

sábado, 25 de junio de 2011

Estratosfera socrática

Metanoticia

Como pudo saberse en los últimos días, el expresidente argentino Carlos Menem sabía lo que decía aquella vez en la que todos pensaron que deliró con la estratósfera. Es que en algún lugar, alguien está desarrollando un avión hipersónico que volará a treinta mil metros y se propulsará con algas marinas. Esta extraño proyecto es tal cual lo que decía Menem. Volará por la estratósfera y unirá París con Tokio en dos horas y media.
Hasta aquí no hay nada fuera de lo común. Algunos siguen pensando que el expresidente deliró, otros creen que habría preparado su discurso después de mantener una reunión con un agente secreto. Incluso están los que ahora lo declaran un visionario.
Pero todo tomó otro color cuando ayer por la tarde, un lugareño que hacía un pozo en el fondo de su casa en las afueras de Atenas, dio con una vasija de barro muy antigua que contenía un rollo de papel amarillento. El lugareño descartó que se tratara de papel higiénico, por lo que dio aviso a las autoridades.
Después de que los expertos le hecharan una leída a este rollo que estiman tiene más de dos mil años, anunciaron al mundo que se trata, ni más ni menos, de las obras completas de Sócrates. Hasta hoy, nadie en el mundo creía en la existencia de estos escritos, con excepción de Carlos Menem, quien una vez dijo haberlos leído todos.

jueves, 16 de junio de 2011

Que cedan el asiento

Trasgresión

Ahí va una viejecita. Parece haber sido bastante alta, pero ahora está muy encorvada. Tanto que casi parece que da una vuelta. Camina muy lentamente. Es en serio. Tengo que hacer tiempo mientras escribo para saber a dónde va. Se está por meter en el subterráneo. No sabemos hace cuanto tiempo le escapa a las escaleras. Hoy la vemos usar el ascensor.
Esta viejecita tiene algo raro. Está encorvada y camina en cámara lenta pero ha mostrado una gran habilidad en los brazos cuando llamó al ascensor. También cuando pasó por el molinete. Quizás tome un buen remedio para la artrosis. El mundo parece dar vueltas completas mientras ella sólo consigue bajar al andén.
Es la hora pico. El tren está casi lleno de gente. Muchos hombres y mujeres esperan de pie que el tren cante con su sirena el inicio del viaje. La viejecita avanza hacia la puerta que más cerca tiene, en un heroico intento por llegar al tren antes de que las puertas le nieguen esa posibilidad. Casi no llega. Se lo permitió el guarda, que apiadándose de ella atrasó la partida de la formación unos segundos.
Ya está adentro del vagón. La sirena aturdió a los pasajeros y las puertas se cerraron. La viejecita pone cara de cansancio. Vuelvo a pensar que esta señora tiene algo raro. No pasa mucho tiempo antes de que un pasajero, más cansado que ella, decida cederle su asiento. Ahora la viejecita se acerca a la silla. Da lentamente la vuelta. Se sienta. Justo en ese momento se ríe con una carcajada masculina. Se endereza. Se saca la peluca.
El hombre que se escondía en la viejecita no es otro que Javier. Ahora sabemos que el trasgresor va a viajar sentado.

martes, 31 de mayo de 2011

El afilador

Ficción

El hombre está en su casa. Vive en un departamento en el segundo piso. El edificio es pequeño, está ubicado en un barrio tranquilo. Como pasa con todos los barrios tranquilos, este también se quedó en el tiempo. Me refiero a que todavía pasan cosas del pasado. Los domingos a la mañana pasa un tipo en bicicleta vendiendo churros a los gritos. También pasa a veces el botellero anunciando que compra cualquier cosa. Hasta un verdulero, que viene motorizado, anuncia su presencia con música popular.
Hoy es el turno del afilador. Vino con su bicicleta, esa que se transforma en máquina de sacar filo. Está dale que te dale con su silbatito. Una especie de instrumento andino de plástico con el que no para de dibujar en el aire escalas bidireccionales.
El hombre hoy quería dormir. Ayer trabajó hasta tarde. Para él, cada escala que el afilador toca en su silbatito es una razón para odiarlo. Cuando se pone de pie nos sentimos incómodos. Va a la cocina a buscar un cuchillo. Es grande y da miedo. Quizás le falta filo.
El asesino se asoma al balcón y mira al afilador. No se bajó de la bicicleta, pero aún está ahí. Tengo un cuchillo para usted, le dice el hombre desde el balcón. El afilador se puso contento, aunque no esperaba que el cuchillo terminara clavado en su hombro. El asesino le había asestado una estocada mortal.
El asesino terminó en la cárcel. Nadie le creyó que no había tenido ninguna intención. Yo sólo le tiré el cuchillo para que me lo afile, habría declarado.

viernes, 27 de mayo de 2011

Cabeza perdida

Hecho

Pelletier algo malo hizo. Pero ahora, cuando está a punto de ser ejecutado, se pregunta si lo que hizo es tan grave como para que lo condenen a abandonar este mundo. Por primera vez entiende cuan morboso es que esté lleno de gente. La multitud que viene a ver el espectáculo de la muerte dirá que en realidad participa de la ejecución para ser testigo de la justicia, pero todos sabemos que les gusta mucho la sangre. Pelletier muchas veces participó de las ejecuciones. Todas le gustaron, menos esta.
Él no sabe que desde hoy, 27 de mayo de 1792, será recordado por siempre. Su nombre será escrito en tratados de historia y en enciclopedias. Incluso, dentro de muchos años, se lo recordará en distintos sitios de internet. Pero antes tiene que existir internet.
Ahora seguimos estando en el siglo décimo octavo. Pelletier ya se agachó y acomodó su cabeza en el moderno aparato de la cuchilla asesina. El señor Schmidt tiene miedo. No por el bandido. Teme que la máquina falle. Siempre se dedicó a la fabricación de clavicordios y no está muy seguro del éxito de la guillotina, su nuevo instrumento musical. Por suerte el señor Sanson, famoso verdugo de París, colaboró con todo su conocimiento.
No duró nada. Un ruido seco fue suficiente. Alguien tiene que ir a recoger la cabeza de Pelletier. Desde hoy no se distinguirá entre condenados plebeyos y reales. Todos serán ejecutados con este artilugio infinitamente efectivo. Claro que, cuando la humanidad evolucione, alguien se dará cuenta de que no es la mejor forma de matar. La sangre mancha mucho. Se usará por última vez en 1977, para matar a un inmigrante tunecino.

viernes, 20 de mayo de 2011

Varicela ataca

Metanoticia

Castelli, Provincia de Buenos Aires.
A pesar de los esfuerzos del gobierno de la provincia más importante del país, que intentaba ocultar una situación sanitaria urgente, pudo saberse que en la localidad de Castelli, al menos 16 niños contrajeron la temible enfermedad popularmente conocida como varicela.
El lamentable hecho obliga a estos niños a permanecer en cuarentena. En realidad en octatena, ya que no son necesarios cuarenta días. En este momento todos ellos estarían sufriendo la cruel tortura que todos los que contrajimos la enfermedad alguna vez sufrimos, aguantando las ganas de rascarse por todo el cuerpo.
Según dicen, la localidad amanece todos los días estremeciéndose con los gritos de estos niños. ¡Cómo pica mamá! Quisimos confirmarlo enviando un corresponsal, y de tan fuertes que eran los gritos, se quedó sordo.
El gobernador intentó inspirar tranquilidad y lo consiguió con el anunció de un moderno y sádico plan sanitario que evitaría estos brotes en el futuro. Según informó a este medio, a partir del año próximo, todas las salas de neonatología de la provincia estarán contaminadas con varicela. De esta forma, todos los niños sufrirán la enfermedad ni bien salen del sanatorio. Y después de resistir unos días de picazón y fiebre, ya no volverían a enfermarse nunca en la vida.

jueves, 19 de mayo de 2011

Buen viaje

Divague

Durante mi último viaje en subterráneo he concebido una gran solución para el problema del humor de los pasajeros. Es sabido que viajar apretados como orientales de país superpoblado y sufrir los retrasos devenidos de las frecuentes demoras del servicio pone los nervios de punta. Tanto que si existiera un crispómetro, que no sería otra cosa que un artilugio medidor de la crispación del ambiente, posiblemente ninguna empresa querría hacerse cargo de este enterrado medio de transporte.
La solución real y definitiva resulta inviable. Es que no es ni fácil ni barato duplicar la cantidad de vagones y la frecuencia de los trenes. Ni siquiera lo es producir la energía suficiente como para mover tantos ladrillos con ruedas. Por eso lo que se me ocurrió es hacer uso de la psicología barata. Barata porque tendría bajo costo. Se me ocurrió reemplazar las ventanas de los vagones por rollos de papel que con un pequeño motor eléctrico dieran vueltas indefinidamente. Así la imagen presente en las ventanas se movería permanentemente, dando la sensación de que el tren nunca se detiene. Claro que las sucesivas frenadas y aceleraciones confundirían mucho al pobre oído interno de los pasajeros.
Descarté esta idea. Se me ocurrió una mejor. Simple y fácil. Escandalosamente sencilla. Cambiar la manera de comunicarle a la gente las fallas del servicio. Se les informa a los señores pasajeros que la línea D funciona con demoras, dicen los conductores normalmente. Pero podría ser mucho mejor.
¡Uh! No saben lo que pasó, diría a partir de ahora el piloto, a un viejito se le ocurrió desmayarse en el tren de adelante. Vamos a atrasarnos un poco. Pero está todo bien, ya pasa. ¡Qué lindo es vivir en esta ciudad!

martes, 17 de mayo de 2011

Fabricación del oboe

Proceso

Cualquier persona en este planeta, incluso aquella que ostente la más escandalosa ignorancia, sabe que los oboes no nacen de un repollo. Quizás de tan ignorantes que son no sepan qué es un oboe, pero seguramente entiendan que no nacen de un repollo.
Este antiguo instrumento, que no es otra cosa que un emulador del pato, permite el uso musical de este sonido tan característico sin la necesidad de entrenar a un coro de aves acuáticas. Consiste en un pequeño trozo de madera lleno de llaves. No de llaves para abrir puertas, una serie de tapones que dejan o no salir el aire por los distintos agujeros del tubo.
De más está decir que para que pase aire a través del cuerpo del oboe es necesario hacerle un agujero. El problema es que debe ser cónico. Si alcanzara con un agujero cilíndrico, cualquiera podría hacerlo con un taladro. Pero lamentablemente, aún hoy, no se han desarrollado las mechas inflamables, me refiero a esas mechas capaces de inflamarse (en el sentido médico), volviéndose cada vez más grandes a medida que atraviesan la pieza a agujerear.
Es por este maldito agujero cónico, que todavía ya entrado el siglo vigésimo primero, no pudo encontrarse una forma sensata de industrializar su fabricación. Así que no queda otra que contratar a unos elefantes bastante sociables. Viven en la sábana africana (un pedazo de tela desértico).
Los honorarios de estos elefantes son un poco exagerados y resultan determinantes en el precio final del producto. Un buen oboe puede costar más de diez mil dólares. Más de una vez los fabricantes han intentado negociar un mejor precio, aunque sin resultados. Los elefantes saben muy bien que son los únicos que pueden soplar una rama de ébano con tanta fuerza como para hacerle un agujero.

viernes, 13 de mayo de 2011

El paseo

Hecho

Juan Pablo se dispone a recorrer la plaza. Lo va a hacer en un vehículo abierto. Claro que podría caminar, pero no es tan fácil para él. Una de las cosas que le pasa a uno cuando es Juan Pablo II es que no puede caminar tranquilo por la plaza de San Pedro. Hay mucha gente, le llevaría horas. Es de los pocos que no están de visita en el lugar, vive ahí. Conoce de memoria ese círculo que dibujan los edificios del Vaticano.
Juan Pablo comienza a recorrer la plaza, llena de gente. Tanta que no tiene sentido ponerse a contarla. Todos intentan acercarse al vehículo, quieren estar cerca del representante que dios tiene en nuestro planeta. La guardia del Vaticano vigila, custodia a Juan Pablo. Son profesionales, pero eso no les alcanza para saber que en algún lugar de la plaza está Mehmet Ali Ağca.
El turco, para no tener problemas pronunciatorios, está preparando su rifle. Y no es ningún cazador furtivo, vino hasta el Vaticano para matar a Juan Pablo. Se ve que no es cristiano. No sé muy bien a dónde se está escondiendo, pero acabo de oír el ruido del arma. Ya está cargada.
Juan Pablo levanta los brazos. Saluda a miles de fieles con sólo sacudir su mano. Todos escuchan un trueno. Pero no hay nubes. El turco ya hizo su disparo. Juan Pablo, herido, se cae en el vehículo.
Igual podemos quedarnos tranquilos. Dios no va a permitir que Juan Pablo muera. El turco no alcanzará a escaparse. Dentro de unos años, su víctima va a hacerle una visita en la cárcel. Incluso va a perdonarlo. Pero todavía es 13 de mayo de 1981.

martes, 10 de mayo de 2011

Ring Raje

Ficción

El asesino se distraía limpiando el cuchillo. Intentaba olvidar esa reciente imagen sangrienta. Hacía más de una hora que permanecía sentado en el suelo. El timbre lo devuelve a la realidad. Camina hacia la puerta con una escasa cantidad de pasos, de contundente peso. No hay nadie. El niño que tocó salió corriendo. El asesino volvió a la cocina sin mirar hacia el comedor, no quería ver lo que había ahí. Se sentó en el suelo. El timbre vuelve a sonar. Ahora llegan a oírse los pasos del niño, que corre a esconderse. El asesino, esta vez, abre la puerta y busca al niño con la mirada. No lo encuentra. Cierra la puerta. No pudo evitar mirar hacia el comedor. Sintió náuseas. Por tercera vez suena el timbre. El niño corre como antes, pero esta vez el asesino corre tras él. Ve como el niño se esconde, atrás de un árbol. El asesino ahora camina. Se detiene justo frente al árbol. Le da la vuelta. Nota que el niño mira su mano con una intranquila sorpresa. Olvidó dejar el cuchillo manchado de sangre en la casa. El asesino siente un profundo terror. Lejos de sí mismo, camina de vuelta.

jueves, 5 de mayo de 2011

Error de calle

Ficción

Disculpame, ¿la calle Lavalle?
Un par de cuadras hacia allá.
Eso respondió el muchacho, señalando con el dedo un edificio bastante nuevo. Y la chica, muy apurada, le hizo caso. Pero eso fue hace una semana. Ahora ella está acá, en el mismo lugar en que hizo aquella pregunta, esperando ver aparecer al muchacho de nuevo. No tenía pruebas para demostrarlo, pero intuía que la razón por la que se lo había encontrado aquí era rutinaria. Producto de una actividad que el muchacho realizaba semanalmente.
La chica dedicó todos los días de la última semana a imaginarse posibles situaciones para este próximo encuentro, del que estaba segura aún cuando existe la posibilidad de que no se produzca nunca. Pensó en todos los detalles. Consideró hablarle, comunicarse con gestos, en sorprenderlo por la espalda.
Ella sigue acá, abrigada. El invierno está invadiendo la ciudad de a poco. Hace algo de frío. No tanto como para tener semejante campera, aunque quizás sufra mucho las bajas temperaturas. Vuelve a pensar en el muchacho. En ese encuentro fortuito de siete días atrás. Recuerda en detalle todo lo que siguió a su brevísimo cruce de palabras. Como corrió hacia una calle que estaba en cualquier otra parte. Como nunca llegó a su entrevista de trabajo.
Ahí está el muchacho, camina con paso seguro, igual que la última vez. Pasa muy cerca de la chica pero no la reconoce. Ella empieza a seguirlo, se le acerca. Le grita alguna palabra ensordecedora. El muchacho, confundido, da media vuelta. Ella lo mira a los ojos y lo empuja con fuerza. Él cae al suelo.
La mira, recuerda. Finalmente la reconoce. Puede ver como ella se abre la campera. Saca un revolver. Ella se da cuenta de que no siguió ninguna de las posibilidades que había imaginado, que más bien había combinado todas.
El disparo se multiplicó contra las paredes de los edificios.
Eco de la muerte.

sábado, 30 de abril de 2011

Sabato

Noticia Cierta

El escritor argentino Ernesto Sabato, que antes había sido físico y después fue pintor, falleció hace algunas horas, mientras se encaminaba a cumplir los cien años. Según pudo saberse, dejó este mundo en su casa de Santos Lugares, aquel legendario sitio donde cada 24 de junio, famosos y comunes acostumbraron celebrar su cumpleaños.
Las tres novelas que escribió pueden ser consideradas obras fundamentales de la literatura argentina del siglo XX. El túnel (publicada en 1948) es la más breve de las tres. Sobre héroes y tumbas (1961) no sólo es la más larga, es también la que contiene ese texto infinitamente genial que es el Informe sobre ciegos. Abadón el exterminador (1974) es la última en ser escrita y la primera en la que él mismo es personaje y autor.
Buscamos con insistencia comunicarnos con Bruno, pero resultó imposible. Nos hubiera gustado contar con los comentarios y sentimientos del personaje de Sobre héroes y tumbas que era buen amigo de Sabato en Abadón el exterminador. No contestó el teléfono de línea, aparentemente no tendría celular.
El que sí hizo declaraciones fue Fernando Vidal Olmos, polémico personaje que todos creíamos muerto. Ernesto era un tipo especial, explicó, nunca me cayó bien, me dejó bastante mal parado en ese libro, aunque siempre estuvimos de acuerdo en que los ciegos controlan el mundo.

martes, 26 de abril de 2011

Río de las conchas

Hecho

El sol estaba todavía muy cerca del suelo, pero del otro lado. Así que la luz era tenue. El río viajaba aguas abajo sin mucho apuro, pero con una tenacidad de esas que sólo los ríos pueden tener. De a poco, las estrellas iban apagándose, abandonando ese cielo que se ponía cada vez más celeste. Podía oírse el quejido del puente, que mientras el agua le enfriaba las piernas emitía unos sordos sonidos de madera.
El general Lavalle ve a las tropas de Rosas y Estanislao López. Son muchos. Lavalle se acaricia la barba y por un momento, se distrae con los gastados colores de su uniforme. Ahí hay más de cuatro mil hombres. Los federales han aumentado su tropa con tres mil indios. El general unitario, recorre con la vista su ejército. Redondea en mil el número, porque pensar en que no llegan a la cuarta cifra lo incomoda.
Ya es demasiado tarde para retirarse. Comienza la batalla. Y si bien existen antecedentes incomprensibles en la historia de la guerra, de esos que uno no puede entender como no terminaron al revés, la cosa está muy difícil para Lavalle. Porque la proporción de siete contra uno es aterradora. Sobre todo porque aún no se inventaron las ametralladoras.
Ya pasaron unas horas. Deben ser como las diez de la mañana y los indios que vienen con Rosas han conseguido espantar a todos los caballos de repuesto. La caballería debe seguir con los equinos cada vez más cansados. Le pasan por encima.
Ya no tiene sentido quedarse a morir a orillas del río de las conchas. La batalla está perdida. El general Lavalle, con los hombres que le quedan, da la vuelta y se retira. Todos cruzan el puente y cuando están del otro lado, lo destruyen. Mientras se escapan, muy lejos de Buenos Aires, Eugene Delacroix deja el cuadro que está pintando para soplar las velitas de la torta. Acaba de cumplir treinta y un años.

sábado, 23 de abril de 2011

Colchón de espuma

Proceso

Muy extendido en el mundo occidental es el uso del colchón para dormir. También se usa para otras cosas, pero sobre todo para dormir. Existen varios tipos de colchones, siendo algunos una ostentación artesanal y otros un alarde de la técnica. Pero no nos vamos a ocupar hoy de esos colchones llenos de resortes ni tampoco de esas bolsas de tela llenas de agua. Nos ocuparemos del colchón de espuma y de cómo consiguió un hombre aprovechar el fruto de esa extraña planta que es la espumun fruticam.
Aunque muchos arriesgan que esta extraña planta con frutos de goma espuma es oriunda de la isla de la Atlántida, no existe evidencia histórica que defienda este delirio. La mayor parte de los botánicos están de acuerdo en que los primeros ejemplares de la espumun aparecieron en las costas tropicales de América y África durante el paleolítico. Los científicos sostienen que se trataría de una especie surgida a partir de la evolución de las poríferas, vulgarmente conocidas como esponjas marinas. Ignoran cómo hicieron para salir del agua.
Aun sin poder confirmarse, se estima que el hombre comenzó a cultivar esta extraña planta en el siglo XVI en algunas colonias africanas. Claro que para ese entonces sólo aprovechaban las hojas, con las que hacían unas ensaladas riquísimas. El extraño fruto esponjoso no les resultaba útil ni se arriesgaron a ingerirlo. Es que venía con una etiqueta que alertaba de su toxicidad en varios idiomas.
Fue en 1893 cuando Sir Mister Goma, un hombre rico que se había instalado en el Congo, pensó en utilizar el fruto de la espumun, que mostraba unas propiedades amortiguadoras sin iguales, para la fabricación de colchones. Y el 10 de noviembre vendió el primer colchón fabricado por Goma Incorporated.
Los primeros colchones producidos por la empresa de Sir Mister Goma eran confeccionados con tela y rellenados con miles de trozos del extraño fruto, aunque posteriormente, el noble diseñó un proceso de fabricación muy superior. Logró, utilizando matrices de madera y mucho fertilizante, que los frutos de sus plantaciones de espumun fruticam crecieran con la forma y el tamaño de un colchón de una plaza. Así, a partir de 1896, lo único que tuvo que hacer fue forrar el producto.

viernes, 22 de abril de 2011

El error de San Pedro

Ficción

Raúl paseaba por la calle, muy tranquilo. Nunca pensó que la muerte fuera una cosa tan fácil de aceptar. El afortunado encuentro con el empleado de la morgue, ese hombre enorme de dos metros que después de mantener una corta conversación con el ingeniero fantasma se fue corriendo a entregar la licitación pendiente, solucionaba su último problema. Raúl ya no tenía nada que hacer.
En cuanto el empleado de la morgue pudo entregar el sobre de la licitación en el ministerio de obras públicas, el ingeniero, muerto en un accidente de tránsito, flotó. Sí, flotó. En seguida entendió que no iba a ser muy difícil llegar al cielo. Lo invadió una alegría desmesurada.
Él no sabía qué dirección tomar. Subía hacia el cielo, pero no tenía idea de a dónde se encontraba la puerta al paraíso. Por un momento se sintió incómodo, hasta se desesperó. Pensó que sería poco grato estar flotando en el cielo, a merced de los vientos. ¿Cómo haría él para encontrar la puerta? Aún conociendo su posición, no sabría cómo flotar hacia ella.
Pero todo fue muy fácil. Flotó hacia arriba, recorriendo esa perpendicular imaginaria surgida de las baldosas de la vereda en la que se apoyaba hasta hacía poco. Miraba hacia abajo, disfrutando ese paisaje aéreo en el que todo se transformaba en pequeños puntos. Se golpeó la cabeza.
Cuando levantó la vista estaba justo frente a un puesto de migraciones mortuorias. Se había golpeado la nuca con el techo de la pequeña cabina prefabricada que albergaba a un tipo viejo, de barbas blancas. Usted debe ser San Pedro, arriesgó Raúl. El viejo lo miró aburrido. Se equivoca, lo corrigió, el señor San Pedro, por razones lógicas, se jubiló hace mucho tiempo. A esta altura tendría como cinco mil años de aportes.
Después de contestar un par de preguntas al barbudo de migraciones, Raúl pudo entrar finalmente al cielo. Nadie se percató de que aún era visible. Le faltaba rociarse con el aerosol de invisibilidad, ese que su ángel no le había dado nunca.
Hoy, miles de personas hablan de Raúl sin conocer su nombre. Se hizo famoso. Es que de vez en cuando se lo ve desde los aviones, sentado en una nube, jugando al ajedrez con uno de sus compañeros invisibles.

miércoles, 20 de abril de 2011

Pasteurización

Hecho

Una brisa de esas que sólo puede acariciarnos la cara en primavera. Es 20 de abril. Estamos en el hemisferio norte, de otra forma sería imposible lo de la brisa en primavera. Miramos por la ventana y disfrutamos el paisaje de algún lugar de Francia. El silencio es perfecto. Cada tanto es interrumpido por el sonido de un pequeño recipiente de vidrio, en un contrapunto maravilloso.
Dejamos la ventana. Entonces vemos a ese hombre. Con un traje elegante y una barba cana. De pie frente a un escritorio que sostiene una gran cantidad de recipientes de vidrio. A su lado está el otro. Están esperando algo. Mirando con paciencia y ansiedad un termómetro. Parecen estar midiendo la temperatura de una caja, o lo que la caja contiene. No hay mucho con que divertirse.
Aburridos como estamos nos acercamos al dúo de varones. Cuando el termómetro marca cuarenta y cuatro grados, los dos se apuran a sumergir la caja. Por alguna razón quieren enfriarla velozmente. La vuelven a depositar en la mesa, pero ahora lejos del mechero. La abren. Sacan una muestra del contenido. El de la barba cana prepara el microscopio. Se agacha y mira a través del pequeño ocular. Pasan segundos, minutos enteros. Finalmente levanta la cabeza y busca la mirada de su compañero. Sonríe.
Parece que el experimento fue exitoso. Luis Pasteur sabe que con este descubrimiento la industria logrará que el vino y la cerveza llegue a su destino antes de pudrirse, aunque todavía no sabe cuán útil le será a la humanidad  ni que todos llamaremos a este proceso con su nombre. Es que todavía estamos en 1864.

lunes, 18 de abril de 2011

Sin examen

Ficción

Que Oriana hubiera comprendido el efecto mariposa con tanta profundidad como para hacer uso de él, era sorprendente. Sobre todo si no se piensa en las relaciones que este efecto tiene con otros mucho más simples y conocidos. Porque en definitiva, el efecto mariposa no es más que un efecto dominó elevado a la enésima potencia.
Cualquiera de nosotros comprende perfectamente de qué se trata el efecto con nombre de juego de mesa. No nos cuesta mucho ordenar una serie de monedas en el suelo, una al lado de otra, todas equidistantes, para después empujando la primera hacer que todas caigan. El efecto con nombre de insecto es exactamente lo mismo, con dos diferencias. El hecho de que en el planeta hay millones y millones de monedas y de que el empujón inicial está muy lejos, temporal y espacialmente, de la catástrofe definitiva.
Oriana, después del atentado a las embajadas yanquis de medio oriente, se molestó cuando supo que en Egipto la tormenta se desvió un poco. Aunque el balance era positivo a pesar de los jeques incinerados en El Cairo. Estaba un poco impresionada. Porque a decir verdad, cuando movió inocentemente aquella planta en su terraza no creyó que fuera a pasar lo que pasó.
Justo ahora está de nuevo ahí, en la terraza de su casa. Está frente a una planta con flores blancas, muy bonitas. Espera que algo suceda. Hace tres días le dio un sacudón cariñoso. La perturbación en el aire cruzó la cordillera, en Chile desvió una pelota de fútbol. Para cuando llegó a Europa ya era un viento molesto. Oriana ve como unas nubes negrísimas le tapan la luz del sol. Se oyen unos truenos horribles. La ciudad se inunda por completo.
Oriana consiguió lo que quería. Ahora no puede ir a la escuela. Nadie podrá tomarle ese examen de matemática.

sábado, 16 de abril de 2011

0KM

Trasgresión

Era un domingo perfecto. No hacía ni frío ni calor. Javier estaba aburrido y esta vez no tenía que ir al supermercado. Hacía poco se había dado cuenta de que sus trasgresiones, a veces inocentes pero por momentos bastante escandalosas, son lo único que le da sentido a su vida. No quiero decir que para Javier la vida sea nada más que una sucesión de actos incorrectos, pero hasta hace poco no se había detenido a pensar en la importancia que estos actos tienen a la hora de caracterizar su identidad. Porque sus trasgresiones lo definen. Javier tiene un trabajo común, es una persona común, come comida común. Lo que lo distingue es esa necesidad permanente de romper las reglas y sus ocurrentes maneras de hacerlo.
No era un domingo tan perfecto. Faltaba trasgredir. Por primera vez, Javier pensó en esta necesidad irrenunciable que tenía. Fue consciente de que para poder dormir tranquilo cuando el día terminara tenía que hacer de las suyas. Entonces salió de su casa y caminó hacia la avenida. Se disfrazó de persona normal que está por comprar un auto y entró a un concesionario. Preguntó por un auto familiar. Que qué precio tenía, que si tenía levanta vidrios automático. Quiso salir a dar una vuelta.
El empleado, muy acostumbrado a salir a pasear en autos en venta con posibles compradores normales, en seguida le dio a Javier una llave. El trasgresor se mostró muy sensato al principio, acomodando todos los espejos, revisando las luces, saliendo a la calle con gran lentitud. Pero en seguida aceleró. Violó la velocidad máxima con tanta contundencia, que el vendedor no le dijo nada. Pasó dos semáforos en rojo, dobló a la izquierda donde no se podía y finalmente giró 180 grados en el medio de la avenida.
Javier durmió en la comisaría, pero con la seguridad de seguir siendo el mismo de siempre.

miércoles, 13 de abril de 2011

Apolo 13

Hecho

Ya han pasado muchos años, pero hubo un momento en que el hombre estaba obsesionado con el espacio. El espacio exterior. Le fascinaba la posibilidad de salirse de la atmósfera terrestre. Primero alcanzaba con eso. Salir a dar una vuelta, como hizo Yuri Gagarin a bordo de la Vostok 1 el 12 de abril de 1961. Y todo para decir después de aterrizar que el planeta era azul.
Pero hoy es 13 de abril de 1970. En Buenos Aires vemos cómo las agujas del reloj recorren esa porción del día que son las once de la noche. Y allá afuera, a unos sesenta mil kilómetros de la Luna, flotan tres hombres. James Lovell, John Swigert y Fred Haise están a bordo del Apolo 13. Allá afuera no sabemos que hora es. Lo que sabemos es que ahora, los tres sienten una explosión. Suponemos que se asustan un poco.
Los tres se miran. Quizás algún meteorito, de los bastante pequeños, impactó en el exterior del módulo. Pero en este momento confirman algo mucho peor. Explotó uno de los tanques de oxígeno. El comandante Lovell mira por la ventana. Lo único que ve es un cielo negro, espacial. Ahí afuera no hay oxígeno. Adentro del módulo todavía se puede respirar, pero no se sabe hasta cuando.
Cualquiera que vea a estos tres hombres puede comprender perfectamente que no sienten miedo. Sufren una profunda desilusión. Con un tanque de oxígeno menos no alcanza el tiempo para pisar la Luna y volver. Van a tener que conformarse con darle una vuelta. En un simple, pero orbital amague.

martes, 12 de abril de 2011

En busca del ángel

Ficción

Ahí estaba Raúl, en un rincón de la morgue. Ahí estaba su portafolio, conteniendo la licitación que tenía que entregar. Su cuerpo estaba en la heladera, esperando a que se lleven a cabo algunos trámites. Esa licitación era su tema pendiente. Sabía que no podría entrar al cielo si no entregaba el sobre papel madera. Intentó nuevamente tomarlo. Pero cuando acercaba su mano al portafolio, nada la detenía. Simplemente pasaba de largo, atravesando el fino cuero marrón.
Aceptó que necesitaba ayuda. Se acordó de que aún era visible. Y aunque no sabía por qué razón la gente podía verlo después de muerto, supo que le sería más fácil conseguir que alguien le hiciera el favor de entregar la licitación. Así que cuando entró en la habitación uno de los empleados de la morgue, sintió un gran alivio.
Aquel hombre era altísimo, casi dos metros. Vestía un guardapolvo blanco. Le extrañó muchísimo encontrarse con Raúl, aún sin saber que estaba muerto. No puede estar en esta habitación, le dijo al fantasma. Entiendo, respondió Raúl, entré por la pared. Es que este portafolio me pertenece y necesito que me haga el favor de entregar un sobre que hay dentro. La cara que puso el empleado de la morgue fue muy divertida de ver. Sé que suena extraño, prosiguió Raúl, pero acabo de morir y no puedo presentarme en la puerta del cielo mientras no entregue ese sobre.
El empleado de la morgue le pidió a Raúl que se fuera. Pero fue tan pesada la insistencia del ingeniero, que al hombre del guardapolvo no le quedó otra que ir a confirmar la versión del fantasma. Entró en la habitación de las heladeras. Le sostuvo inútilmente la puerta a Raúl. El ingeniero, muy respetuoso, evitó atravesar la pared. Cuando el empleado estuvo frente a la puertita número doce, la abrió sacando el cadáver un poco hacia afuera. Abrió la bolsa negra. Era Raúl.
Tan grande fue el susto que se llevó el empleado de la morgue, que con tal de dar por terminada su relación con el fantasma, accedió a hacerle el favor de entregar el sobre. Salió corriendo con la licitación y la presentó en el ministerio de obras públicas.