lunes, 11 de septiembre de 2017

Apostar al fiambre

Ficción

Mi trabajo como detective últimamente resultaba muy aburrido. Estaba cansado de perseguir hombres y mujeres de esos que se engañan mutuamente. Necesitaba un caso más interesante, uno que me intrigara lo suficiente. Un caso que surgiera de alguna acción distinta, original. Que me sorprendiera. Finalmente apareció una mañana cualquiera. Bueno, no fue cualquier mañana pero no voy a decir cuál por seguridad.
En el barrio de Nuñez hay una fiambrería. En realidad es más un almacén porque podés conseguir mucho más que fiambre es ese local. La atiende un tipo muy macanudo, muy profesional. Le dicen chino pero tiene todos los pares de genes occidentales. La heladera exhibe ordenadamente decenas de quesos, fiambres y embutidos. Un poco más arriba hay una hilera de frascos con aceitunas, algunas rellenas. La máquina para cortar fiambre está encendida gran parte del tiempo porque los clientes de esta fiambrería, como los de todas las otras, quieren llevarse el producto en fetas.
Siempre supe de apuestas ilegales con juegos de naipes, carreras de caballos, incluso peleas de perros. También de apuestas deportivas y jugadores de tenis que arreglan partidos. Pero usar una fiambrería para un casino ilegal no hubiera sido original. La idea genial detrás de este negocio es apostar los cortes de fiambre.
Tardé muchísimo en darme cuenta. Cientos de apuestas pasaron adelante de mis ojos sin llamarme la atención. Empecé a sospechar cuando noté un patrón con ciertos clientes que me crucé en el local más de una vez. Sólo hay una explicación razonable. El cliente pide una cantidad determinada de un producto y cuando el Chino lo deja en la balanza si el peso es exacto, gana la apuesta. Si el error es mayor a 5 gramos gana el cliente. Con errores menores a 5 gramos, empate.
Todavía no sé cómo se define el monto de la apuesta. Desconozco cuánto tiempo hay para pagar o qué pasa si no lo hacés. Pero estoy seguro que la fiambrería casi siempre gana. Suena a delirio pero es la única manera sensata de explicar la escena que presencié esta semana. Un señor mayor de altura mediana, casi sin pelo, pidió 300 gramos de provolone. El Chino cortó un pedazo con extrema precisión. Cuando se verificó el peso exacto en la balanza al viejo se le desfiguró la cara. Probablemente haya apostado toda su jubilación.

domingo, 4 de junio de 2017

Libros espaciales

Ficción

Todo fue posi­ble sólo porque los extra­terres­tres tienen la capacidad de detener el tiempo. Fue absolutamente necesario. Muchos saben que hace años los extraterrestres conviven con nosotros en nuestros países y ciu­dades. Otros inten­tamos convencernos de que no es posible.
Lo cierto es que cuando esos extraños sujetos que viven hace mucho tiempo en un planeta recién descubierto por la humanidad necesitaron estacionar su nave espacial aquí, necesitaban hacerlo sin que la gente se diera cuenta.
Nuestro planeta está lleno de rincones desiertos, pero dejar una máquina tan grande en un lugar solitario no es seguro. Es fácil ver en una imagen satelital del desierto un objeto extraño, básicamente porque es el único objeto.
Por eso los invasores querían aterrizar su nave en el medio de alguna ciudad. Y Buenos Aires era ideal por varias razones. Primero: se ubicaba en Argentina, un país que ya había dado refugio a un montón de inmigrantes que ningún otro país hubiera querido. Hablamos especialmente de nazis y fascistas. Segundo: tenía un grupo de políticos de lo más corrupto y era bastante fácil saltearse autorizaciones, controles y permisos. Tercero: se trata de un país en el que se pueden comer miles de alfajores con dulce de leche distintos. A los extraterrestres les fascinan los alfajores.
El tiempo fue detenido durante dos días en todo el planeta. Alcanzó para aterrizar la nave en el este de la ciudad, cambiarle escotillas por ventanas comunes y llenarla de libros. Se la inauguró luego como biblioteca pública y se atribuyó el edificio a un tal Clorindo Testa (nadie puede discutir que tiene nombre de extraterrestre).

jueves, 30 de marzo de 2017

Entre personajes

Trasgresión

Javier siempre fue un trasgresor.
Pero ya no sufre las consecuencias.
Esta vez Javier, ese personaje entrañable sólo porque vive adentro de la literatura, está dispuesto a castigar a su estilo, que ya demostró ser efectivo aunque poco ortodoxo, a Gabriel Click. Hasta ahora siempre se había hecho daño a sí mismo o había molestado a personajes más allá de los límites de su espacio literario. Pero ahora quiere llamar la atención de otros de los personajes de su propio autor. En el mundo real sería un inadaptado social, un peligro para la humanidad. Pero adentro del universo fantástico de la literatura es un personaje irónico, curioso y hasta querible.
Sin duda lo que hará Javier, hecho que se conocerá muy pocos renglones más adelante, además de tener consecuencias directas para Gabriel torcerá de manera desconocida el rumbo de la fantasía en donde viven. Lo que le pase a Gabriel estará ahí la próxima vez que se escriba sobre él, aún cuando hasta hoy estos dos personajes no habían tenido ninguna relación. Incluso quizás a Javier se le dé por transformar lo que está a punto de suceder en el primer evento de una serie de alteraciones a las historias de otros personajes.
Si algún personaje de este absurdo y fantasioso espacio iba a salirse de control, tenía que ser Javier. Ahí está él, parado en una esquina de la ciudad, muy cerca de una estación de servicio. Busca con ansiedad a Gabriel. Es de noche y las luces de los autos, si fuéramos una cámara de fotos, nos pintarían rayas rojas y blancas en las retinas. El fotógrafo tiene un trípode y ya lo acomodó en la esquina opuesta. Enrosca una cablecito extraño en la cámara. Está usando una cámara analógica, nos explica Javier mientras se ubica detrás de un árbol.
Gabriel enfoca su lente manualmente y reflexiona. Mira por el ocular y se asegura de que entre toda la estación de servicio en la foto. Se prepara para presionar el botón. Javier saca algo de su bolsillo justo en este momento. Apunta hacia Gabriel muy concentrado. Se lo nota seguro, muy probablemente haya practicado en sus ratos libres. Enciende su puntero láser de alta potencia, esos de color verde. Casi en el mismo momento, porque la luz viaja rapidísimo, la luz alcanza el lente de la cámara de Gabriel y se mete en su interior.
Estuvimos apunto de presenciar una tragedia. Justo antes de que Javier encendiera su pistola de luz, Gabriel abrió el obturador de la cámara. La energía del láser quemó la película en su interior y le hizo un tremendo agujero. Pero un momento antes el espejo dentro de la cámara habría llevado el rayo hasta el ojo de Gabriel.
El fotógrafo podría haber perdido un ojo. Me pregunto a dónde está el autor que abandonando sus personajes hace posible estas casi tragedias. ¿Pero quién evitó que Gabriel perdiera el ojo?


viernes, 24 de febrero de 2017

El apuro

Foto

La costa argentina da al mar como muchas otras. Sin embargo no tiene aguas cálidas y la arena se calienta tanto con el sol que no se puede caminar tranquilo. Dos individuos ya han pasado todo el día en la playa sin ponerse pro­tector solar en ningún momento. Podríamos pensar que están lo­cos pero convengamos que hay pocas explicaciones para las que­ma­duras por la radiación solar. Hace unos años el problema era que a la capa de ozono se le había hecho un flor de agujero pero hoy está bastante recuperada. Eso sí, si te quedás al sol todo el día terminás con que­ma­duras de primaria completa (de séptimo grado). ¡Nos han mentido! Nuestros padres no usaban ningún ungüento y se ponían rojos como tomates. El sol no estaba más cerca de nuestro planeta en los setenta. ¡Y nosotros aguantando la crema!
Quizás por eso estos dos individuos no usan. Aunque es cierto que visten bastante cubiertos. Han recorrido grandes áreas de la playa durante el día. Deben haberse desplazado más de diez kilómetros. La soltura con la que lo hicieron nos habla de un envidiable estado físico. Pero hay algo que com­par­tirán con todos los hombres y mujeres en la playa. En cuanto lleguen al lugar en donde vayan a dormir mantendrán una encarnizada lucha para definir quién se baña primero. Si recorremos las playas argentinas con atención cuando la jornada se termina y paramos la oreja seguro escucharemos discusiones familiares con tamaños proporcionales a la cantidad de sus miembros. Yo me bañé último ayer, diría un adolescente en un médano. Que me toca a mí, que le toca a él, que me quiero sacar la arena… Cosas así. Así que para saber si estos dos seres vivos que estamos observando viven juntos sólo tenemos que esperar a ver cómo emprenden la retirada.
Hay turistas con aguante. Nos toca esperar y soportar bastante viento. Ya hace frío. Desde que nos detuvimos a estudiarlos no han dicho una sola palabra. Habrá que estar atento al lenguaje corporal. ¡Ahí está! Se mueven muy rápidamente. Despegan. Y emprenden un vuelo veloz a casa. El que llega primero, se baña primero.


martes, 14 de febrero de 2017

Terremoto lumínico

Ficción

Compartir las vacaciones con casi cualquier fotógrafo es aburri­dí­simo. Ya sea pro­fesio­nal, ama­teur, bueno o malo. Es que mientras se preparan para dis­pa­rar (con la cámara) y revisan la compo­si­ción de su foto y refle­xionan sobre la profun­didad de campo, el plano focal y todos esos tecni­cis­mos, mantienen silencio. Y encima no escuchan.
Gabriel se tomó unos días en la costa argentina porque no le da el cuero para irse al caribe. Es sabido que Argentina tiene lugares sublimes pero si lo que uno busca es una playa mejor irse a otro país. Por supuesto llevó su cámara. Y disparó a mansalva.
Como estaba descansando no aprovecho demasiado la hora de oro. Los fotógrafos le dicen así a esos momentos en los que el sol ilumina el paisaje con ángulos casi paralelos al suelo. Pero para aprovecharlos hay que levantarse muy temprano o quedarse en la playa hasta tarde. Gabriel lo hizo una sola vez.
Salió solo y mientras caminaba hacia la playa fue probando algunas fotos. Tenía la intención de sacarlas con algo de movimiento así que procuró que el obturador permaneciera abierto alrededor de un segundo.
Lo que no recordó Gabriel es que para congelar el mundo en una foto hace falta que la cámara no se mueva mientras se le permite observar el exterior. Claro que a veces las cámaras abren el ojo tan poco tiempo que eso no es una preocupación. Pero un segundo alcanza para retratar el movimiento de un terremoto.

Me sacudía bastante. Aquel que me llevaba seguro estaba caminando por un sendero irregular. Pude abrir el ojo durante bastante tiempo aunque me costó entender lo que veía. Los sacudones no me dejaron hacer foco en ningún objeto.